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EDITORIAL
Vivir a oscuras. Escenas cotidianas durante la dictadura
El Golpe de Estado había llegado, una vez más, como la única salida frente al despedazamiento social, en ese momento en que parecía que todo era posible y, a la vez, que la realidad era inmutable y que nada se podía modificar. Y esa forma ya natural de restauración del “orden” se había impuesto, antes que por conformidad ideológica, por la promesa de reinstaurar la rutina y la norma. O sea, de acabar con el miedo.

“24 DE MARZO DE 1976.

 

Córdoba, cinco de la mañana. Se despertó violentamente con los disparos reventándole en el oído y saltó de la cama. A los tropezones buscó la correa de la persiana y muy despacio, tratando de no hacer ni un ruido tiró de ella hasta que quedaron las hendijas descubiertas.

 

En la vereda de enfrente, justo en la casa del muchacho que trabajaba en la metalúrgica, había estacionado un Ford Falcon de color verde. Tres hombres de civil gritaban que eran de la policía mientras tiraban tiros al aire y le ordenaban al joven que se entregara. Golpeaban a la puerta y amenazaban con derribarla. Hasta que gritaron que era la última advertencia. Luego de unos segundos, dispararon contra la puerta, se lanzaron corriendo sobre ella y la echaron abajo.

 

Elena se tapó la boca como queriendo detener el espanto. Estuvo a punto de dar vuelta la cara para no ver. Pero no lo hizo. Entonces vio cómo lo sacaban esposado, cómo lo escupían, golpeaban y maltrataban, mientras caminaban hacia el auto. Después lo metieron a patadas en el Falcon y se lo llevaron.

 

Ella se quedó con la mirada fija en la casa del muchacho de enfrente. Las imágenes se repitieron una y otra vez en su cabeza, durante varios minutos. Y ahí estaba, de pie detrás del ventanal, durante varios minutos, con la sensación de que debía tener alguna reacción, pero sin poder hacerlo. Conmocionada, horrorizada, consternada.

 

Buscó el reloj. Eran las cinco de la mañana. Faltaban dos horas para que tuviera que abrir el almacén, pero ni se le ocurrió pensar en volver a dormir.

 

Fue hasta la cocina, puso el agua para el café, encendió la radio y escuchó:

 

                <Las Fuerzas Armadas, en cumplimiento de una obligación irrenunciable, han asumido la conducción del Estado. Una obligación que surge de serenas meditaciones sobre las consecuencias irreparables que podría tener sobre el destino de la Nación una actitud distinta a la adoptada.>

 

Pensó que bueno, que lo de Isabel Perón no podía terminar de otra forma. Se había dejado manejar como un títere y había perdido poder. Y siempre que eso pasaba, asumían el gobierno los militares. No veía qué otra cosa se podía hacer. Porque la guerra entre dos bandos, entre los extremistas que buscaban desestabilizar al gobierno y los de la Triple A, que eran realmente nefastos, ya estaba declarada. Y si no intervenía el Ejército iba a haber una guerra civil.

 

Le pareció que estaba bien, porque la violencia no llevaba a ningún lado y matando no se ganaba nada. Sin embargo, también pensó que lo que acababa de ver no había sido menos violento; que el muchacho de enfrente tal vez era un subversivo y que por eso se lo podían haber llevado, pero, la verdad, ésa no era, tampoco, la forma.

 

No podía dejar de preguntarse, entre sorbo y sorbo de café, qué estaría pasando con él. Si su familia ya se habría enterado, si la esposa estaría en la casa o no, si también se la llevarían, si ya se la habrían llevado.

 

Aún al abrir el almacén seguía haciéndose esas preguntas. Era la primera vez que veía algo así y sentía que acababa de vivir una tragedia. No podía concentrarse en su trabajo y seguir como si nada. Algo se le había instalado en el pecho y aquellas imágenes no dejaban de darle vueltas en la cabeza. La angustia tenía un peso que la doblaba.

 

Elena ni siquiera conocía al muchacho de enfrente. Sólo de “hola” y “chau”. Hacía poco que él vivía ahí y ella sólo sabía que trabajaba en la Fiat o en la Renault, y que era recién casado.

 Ella no lo conocía. Pero lo vio. Y el miedo se le quedó instalado.

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¿1945?-1975  EL DERRUMBE

 

Un derrumbe moral y civilizatorio engendrado durante décadas llegaba a su punto cúlmine. Las reglas básicas de la convivencia humana se esfumaban y todos los lazos de pertenencia a la sociedad comenzaban a desmoronarse.

 

Se ausentaban la ley y el estado de Derecho. El Estado era impune y el poder, una cuestión de imposición. El autoritarismo se desplegaba con sus cambios fulminantes y sus soluciones siempre categóricas. La negación del otro y de las voces divergentes era la norma y la violencia se convertía en la mejor forma de dirimir todos los conflictos. Las diferencias se volvían irreconciliables y las apuestas comenzaban a jugarse a cara o cruz. Desacreditados todos los mecanismos institucionales, la lucha armada se convertía en la mejor estrategia para conquistar el poder y ya nadie le resultaba extraña la inclinación a aniquilar al enemigo ni que el asesinato se volviera una aceptable, y hasta aplaudida, práctica política.

 

Instalado el poderoso imaginario de la revolución y la patria socialista, contra la dictadura y el imperialismo, y al calor de una serie de acontecimientos que abonaban la idea de que el mundo iba a cambiar –desde el Mayo Francés y la Revolución Cubana hasta el Cordobaza- , gran parte de la sociedad simpatizaba o acompañaba esperanzada, pasiva o activamente, ese proceso de efervescencia revolucionaria y violencia política que vislumbraba como el camino seguro hacia la liberación. Era un momento mágico, en el que todas las utopías parecían al alcance de la mano (aunque a la hora de la verdad no había cómo encuadrar, en ese marco de degradación política y sobre la ausencia de la ley, ese horizonte de expectativas).

 

Pero pareciera que esa apreciación presente en amplios sectores presente en amplios sectores de la sociedad empezó a cambiar, sobre todo después de la muerte de Juan D.Perón, cuando los crímenes de la Triple A –que ya funcionaba públicamente y sin ninguna reserva- , pero también los atentados, secuestros y acciones de violencia de las organizaciones guerrilleras ahora percibidos como irracionales e infundados, sumados a la crisis económica del Rodrigado, terminaron de echar por tierra cualquier idea restante de normalidad e irrumpieron descontroladamente en la vida cotidiana.

 

Entonces ya no había ninguna violencia capaz de liberar ni de conducir a la transformación social. Y lo que comenzaba a percibirse y a tornarse como insoportable era el cada vez más acentuado e imparable incremento de los enfrentamientos, de los extremos, de la violencia indiscriminada y del desorden en el Estado colándose en todos los espacios cotidianos: en la calle, en la casa, en la escuela, en la universidad, en el trabajo. Llegado ese punto, ya nadie sabía quién era quién, nada se podía anticipar y resultaba casi imposible hallar algún código compartido.

 

Sucedía que todo lo establecido se venía derrumbando y que, finalmente, el derrumbe había ocurrido ante los ojos extrañados de una sociedad que lo había atestiguado pero que ahora lo contemplaba como un acontecimiento ajeno.

 

Entonces sólo quedaban el caos, la violencia y la incertidumbre. Una tierra sin raíces, gobernada por el miedo al sinsentido, a esa situación que se presentaba como fuera de control y en la que parecía que todo era posible, que cualquier cosa podía suceder.

 

Apropiándose de ese miedo, ofreciéndose como única respuesta y solución, se iría instalando el discurso del “orden”.

 Nadie se sorprendería ante el desenlace. Tendría un rostro, una figura y una vos conocidas. Y en su absoluta excepcionalidad, en su extraordinaria maldad, sería una creación de esa sociedad. 

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El miedo es un tema. Daniel me habló me habló mucho sobre esa situación rara que fue la relación con el miedo. Me dijo que el temor se instaló mucho antes del golpe, que la relación con la represión fue una construcción previa. De todos modos, me confesó que le gustaría saber cuándo comenzó él a tenerle miedo al milico, cuando se produjo ese cambio…Me explicó que las dos veces que cayó detenido, por ejemplo, el miedo apareció en el momento en que estuvo en el camión donde llevaban a los detenidos… Me dijo que como el miedo ya estaba instalado pero comenzó a crecer después del golpe, si eso le hubiese ocurrido un par de años antes, seguramente habría sentido terror. Distinto era el caso en esa etapa del miedo a las bandas fascistas…Cuando entraron a romper la toma (de la Facultad de Periodismo en la Universidad Nacional de Córdoba), Daniel tuvo miedo de verdad. Él sabía que una banda fascista no era lo mismo que la policía, que entre ambos se dividían el trabajo. Sabía, también, que esos tipos armados eran capaces de matar a cualquiera y de matar hasta por parpadear. Y sabía bien que eran completamente impunes, que allí no había legalidad alguna, y que uno no tenía ni derechos ni garantías. Allí, uno no era nadie: era un no-hombre, un no-humano. Allí uno no era nosotros: uno estaba solo.

 “Pero el miedo que te quiero contar –me dijo Daniel- es que después, ya en el ’78, ’79, empecé a tener manifestaciones somáticas. Comencé a perder el pelo y contraje una rinitis alérgica espantosa que no me podía curar con nada. Me duró por lo menos diez años. Y yo estoy seguro de que tenía que ver con el miedo. Aunque no era algo racional: yo no tenía miedo y hacía cosas peligrosas. Pero cuando me fui al exilio, en el ’81, me faltaban pedazos así de pelo de la cabeza, mechones”.

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1976-1983. UN DESIERTO SIN TIEMPO.

 

El Golpe de Estado había llegado, una vez más, como la única salida frente al despedazamiento social, en ese momento en que parecía que todo era posible y, a la vez, que la realidad era inmutable y que nada se podía modificar. Y esa forma ya natural de restauración del “orden” se había impuesto, antes que por conformidad ideológica, por la promesa de reinstaurar la rutina y la norma. O sea, de acabar con el miedo.

 

Pero resultó que lo siniestro ya se había incubado en el cuerpo social y que el Golpe era, como muchos suponían, ruptura pero también continuidad.

 

El mismo Estado que debía velar por la integridad de sus ciudadanos, era ahora el que creaba campos de concentración para mantenerlos clandestinamente en cautiverio y el que instalaba una maquinaria de terror dispuesta para la cacería y el exterminio. Como parte de un plan sistemático, perseguía, encarcelaba, secuestraba, torturaba, desaparecía, asesinaba. Eran pocos los que podían formarse una imagen de conjunto sobre estos hechos y ni siquiera ellos tenían cabal idea de la magnitud de los crímenes... el miedo se transformaba en terror y el orden en una prisión…Todos los espacios cotidianos se militarizaban…El entorno antes conocido y dominado se alteraba, se volvía inseguro y la vida de mucha gente, que encontraba que lo que antes había sido suyo ya no le pertenecía, se escurría de sentido. Los espacios públicos se  vaciaron, se desbarataron miles de proyectos colectivos, se limitaron todos los encuentros y se deshicieron no pocos lazos. La noche se convirtió en un espacio dominado por el enemigo y todos salían a la calle con la incertidumbre cotidiana de no saber si volverían…

 

Ese estado de cosas comenzaría a cambiar cuando a la denuncia cada vez más ampliada y pública de los crímenes y las violaciones a los derechos humanos cometidas por el Estado, y a las por entonces ya palpables y repudiadas consecuencias del voraz plan económico implementado por José A. Martínez de Hoz, se le sumara una vergonzosa y trágica aventura bélica que enfrentaría con la muerte en las Islas Malvinas a miles de jóvenes, violando, asimismo, sus derechos humanos.

 

La guerra sería, también, una creación del propio régimen. Pero tendría un desenlace inesperado: le abriría a la sociedad la posibilidad de salir a la calle y de reapropiarse de ese espacio que alguna vez le había pertenecido.

 Precisamente en ese instante, otra vez, el tiempo subjetivo comenzaría a correr.   

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El deseo. Jorgelina tiritaba de frío. Sportivo América era un lugar inhóspito. En realidad todos los clubes en los que se hacían las peñas lo eran.

 

Ya había tomado quién sabe cuántos vasos de vino para entrar en calor, y nada. Mordía una empanada salteña, a ver si eso funcionaba, cuando un muchacho que no conocía se sentó a su lado y le preguntó: -¿cómo te llamás? Ella le contestó, ya desconfiada, y cuando él comenzó con esas preguntas “¿dónde vivís?, ¿qué estudiás?¿adónde salís?”, con su mayor simpatía le dijo: -¿me disculpás? Voy al baño.

 

Tal vez se equivocaba, pero a juzgar por su torpeza ese muchacho bien podía serun infiltrado, se estaba diciendo frente al espejo, mientras se lavaba las manos, cuando escuchó que comenzaban a tocar esa canción que tanto le gustaba:

Te recuerdo Amanda, 

la calle mojada, 

volviendo de la fábrica

donde trabajaba Manuel.

 

Salió apurada del baño y, disimuladamente, fue a sumarse a la guitarreada.

 

La sonrisa ancha,

La lluvia en el pelo, 

No importaba nada, 

Ibas a encontrarte con él,

Con él, con él, con él.

 

Le encantaba “Te recuerdo Amanda” de Victor Jara, y no podía perdérsela porque sólo dos o tres veces en toda la noche surgia la posibilidad de cantar una canción de ésas. Ya en el medio del grupo, se sentó junto a una amiga de la facultad y, como al pasar, se prendió:

Son cinco minutos, 

La vida es eterna,                  

En cinco minutos                 

Suena la sirena,                 

De vuelta al trabajo.                 

Y tú caminando,                 

Lo iluminas todo                

Los cinco minutos,

Te hacen florecer.

 

Mientras compartía miradas cómplices con sus amigos, Jorgelina tenía la sensación de que estar cantando juntos esa canción era igual a decir: “Estamos todos en la misma y por eso estamos acá”… Cantaba y no dejaba de mirar a su alrededor, temerosa de que el muchacho que se le había acercado a hablar la estuviera observando. Pero no lo veía, parecía que no estaba… En las peñas se vivía con miedo. Todo el tiempo atentos a la presencia de infiltrados. Sobre todo cuando se cantaba una canción de Jara o de Piero o de Víctor Heredia. Por eso inmediatamente se tocaba otro tema que no tuviera nada que ver con ese repertorio… Entonces, entre dientes, mientras sonaban los aplausos, alguien se animó: -¡Se va a acabar…! Y unos cuantos lo acompañaron: -¡Se va a acabar! ¡Se va a acabar! ¡…la dictadura militar!, continuó Jorgelina para adentro. No la cantaban entera, pero todos sabían lo que significaba.

 Desde que había leído en el diario que Galtieri había comenzado el recambio en la Junta, desde el desembarco en Malvinas justo dos días después de que la CGT convocara a una multitudinaria marcha en Plaza de Mayo, Jorgelina tenía la sensación de que la dictadura iba a durar una vida. Sentía que no se terminaba más y le parecía que esos tipos estaban dispuestos a quedarse para siempre. Desde entonces, esa era su máxima expresión de deseo: que acabara la dictadura militar. 

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Repaso lo que uno aprende en la teoría pero se sorprende al encontrarlo en la práctica: que los horizontes futuros están repletos de miedos con historia y que a intención de olvidar, en vez de suprimirlos, los trae a la superficie y los deja ahí, para que se despierten, compulsivamente, frente a los nuevos acontecimientos. Pero, sobre todo, que esos miedos, que han sido condición y consecuencia de la imposición del terror como política de Estado, siguen estando ahí como un arma de gestión y control social.

 

Las consecuencias de la dominación a través del miedo no se terminan con el inicio de un período democrático: se perpetúa en el tiempo y se transmiten de generación en generación.

Y todavía, treinta años después, se mantienen a flor de piel.” 

Mariana Caviglia nació en 1976 en la Ciudad de La Plata. Es Licenciada en Comunicación Social, investigadora y docente en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social en la Universidad Nacional de La Plata y becaria de la Comisión de Investigaciones Científicas de la Provincia de Buenos Aires. Es autora de Dictadura, vida cotidiana y clases medias. Una sociedad fracturada, trabajo por el cual recibió el premio Rodolfo Walsh, a la mejor tesis de investigación periodística de la Argentina.

Autor: Mariana Caviglia
24/03/2008
 
 
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